Las universidades latinoamericanas lideran buena parte de la producción científica regional: aproximadamente el 82 % de los artículos científicos son firmados por investigadores vinculados con la academia.
Sin embargo, muchas de esas investigaciones no se traducen en innovación aplicada ni en impacto tangible para la industria ni la sociedad. Esa desconexión es una de las principales críticas que reciben los sistemas de ciencia y tecnología en la región.
Varios estudios dan cuenta de los obstáculos que dificultan la colaboración:
Débil cultura de innovación empresarial: muchas empresas latinoamericanas carecen de tradición o recursos para involucrarse en investigación y desarrollo (I+D).
Escasa inversión en investigación aplicada: la inversión nacional en ciencia, tecnología e innovación (CTI) en la región es baja comparada con otras regiones del mundo, lo que limita el margen de maniobra para experimentos colaborativos.
Descoordinación institucional: universidades, empresas y gobiernos operan con agendas distintas, con falta de mecanismos claros de articulación.
Modelos y mecanismos insuficientes: aunque existen mecanismos como pasantías, consultorías y asesorías universitarias, su escala y capacidad para insertar innovación real en empresas sigue siendo limitada.
Rigidez institucional universitaria: algunas estructuras académicas dificultan la flexibilidad necesaria para colaborar con el sector privado.
Especialistas señalan que varios enfoques pueden fortalecer el puente universidad-empresa:
Triángulo de Sabato / Triple hélice: fórmulas conceptuales que promueven la interacción sistemática entre universidad, gobierno y empresa.
Centros tecnológicos y parques científicos: espacios intermedios donde la universidad pone infraestructura para que empresas desarrollen prototipos conjuntos.
Contratos de investigación colaborativa y licenciamiento: que permitan a las empresas usar tecnología desarrollada en universidades bajo condiciones mutuamente beneficiosas.
Programas de emprendimiento universitario: incubadoras y aceleradoras impulsadas por la universidad, donde investigadores pueden transformar descubrimientos en startups.
Fomento de políticas públicas alineadas: incentivos fiscales, fondos concursables y esquemas regulatorios que estimulen la colaboración universidad-empresa.
En Cuba, Brasil, México y Chile, se han implementado programas de vinculación con distintos grados de éxito. Por ejemplo, un estudio reciente recorrió 51 documentos que documentan los “modelos y mecanismos que rigen el vínculo universidad-empresa en los países de Latinoamérica”, señalando que los mecanismos más usados son pasantías, consultorías, diplomados y asesorías universitarias.
Para que la ciencia deje de ser “buenas intenciones” y se convierta en valor real, es preciso:
Agendas comunes y colaboración de largo plazo
No basta con proyectos piloto aislados; las universidades, empresas y gobiernos deben diseñar estrategias conjuntas sostenibles.
Fortalecer capacidades institucionales
Las universidades deben tener oficinas de transferencia tecnológica, unidades de innovación y mecanismos administrativos ágiles.
Financiamiento estratégico
Crear fondos públicos-privados específicos para proyectos de I+D colaborativa, con plazos y expectativas realistas.
Cultura de innovación empresarial
Fomentar en las empresas, especialmente en las pequeñas y medianas, la confianza para invertir en investigación y asumir riesgos tecnológicos.
Evaluación con criterios de impacto social
Más allá de publicaciones y patentes, medir resultados en empleo, productividad, salud, medio ambiente, entre otros.
La articulación universidad–empresa podría ser verdaderamente el eslabón que convierte la ciencia en valor concreto, impulsando el desarrollo sostenible de América Latina. Pero para ello hará falta más que voluntad: se requiere inversión, reformas institucionales, apertura cultural y mecanismos diseñados con visión estratégica. Si logramos consolidar ese puente, la región podría dejar de depender de la ciencia generada fuera para convertirse en un motor de innovación propio.
Para que la ciencia deje de ser “buenas intenciones” y se convierta en valor real, es preciso: